No sé qué me parece más preocupante, que los medios la ejerzan o que el público la celebre. Hablamos del fenómeno de la “Teleobviedad”, es decir, los informativos que te cuentan todas las noticias que ya sabes.
El ejemplo más claro: el tiempo. Y no hablo de la predicción, que siempre tiene interés, sino de las noticias basadas en hechos atmosféricos. Las nevadas en invierno, el calor en verano. “Hoy luce el sol en gran parte de la península y los españoles llenan las terrazas” Ojo al notición, hace calor en 20 de julio. O si no en invierno: “conectamos con nuestro compañero Pepito Pérez que está en el Puerto de Navacerrada”. Cómo si sólo con la imagen no fuéramos a creer que cae la nieve, parece que el público sádico desea ver al reportero con mal de altura y principio de hipotermia. Y siempre en Navacerrada, claro, que para eso está bien cerca de Madrid.
Y nada de esto sería noticia si al público no le interesara tanto. Cada vez que las noticias de televisión empiezan con temporal de lluvia y frío en enero, una audiencia enfervorizada no puede despegarse del televisor. Las audiencias se disparan. Cualquiera diría que lo que a la gente le gusta de verdad cuando ve las noticias es decir: ¡Pues es verdad! Llueve ¡Es verdad! Nieva ¡Es verdad! Hay alergia ¡Es verdad! Hay días en que uno recopila la misma cantidad de información sacando la cabeza por la ventana que en los primeros veinte minutos de los informativos.
Esta idea de convertir los espacios informativos en una mera constatación de la realidad me rechina. No es que sea yo de los que sólo ven documentales de la 2, pero tal vez se pierde ese concepto de la televisión como “una ventana abierta al mundo”, un medio que nos acerca a lugares desconocidos y nos descubre realidades hasta entonces ignoradas a causa de la distancia, la dificultad o las presiones de los poderos.
Chico, llámame anticuado, pero todavía cuando pongo las noticias tengo la abyecta intención de enterarme de algo que no supiera ya.